Luxury Plus | Casa Gangotena
La habitación Luxury Plus se encuentra en el segundo piso, en el extremo de ala suroeste de la propiedad.
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¿Te apasionan las historias que se transmiten de generación en generación, cargadas de misterio y encanto? Ecuador es un país rico en tradiciones y leyendas que han sido parte de su identidad cultural por siglos.
En este viaje a través del tiempo, descubriremos algunas de las leyendas más famosas que han cautivado la imaginación de ecuatorianos y extranjeros.
Cantuña y su Pacto con el Diablo:
Cantuña, un maestro albañil de gran habilidad fue contratado para construir la Iglesia de San Francisco en Quito. El arzobispo le impuso una fecha límite muy ajustada, amenazando con castigarlo si no la cumplía. Ante la inminencia del plazo y la complejidad de la obra, Cantuña se desesperó. En la oscuridad de la noche, invocó al diablo, ofreciéndole su alma a cambio de terminar la iglesia antes del amanecer. El diablo, siempre dispuesto a hacer un mal negocio, aceptó. Con poderes sobrenaturales, Cantuña y sus ayudantes trabajaron incansablemente toda la noche. Al amanecer, solo faltaba colocar la última piedra.
Desesperado, Cantuña arrojó una naranja al suelo, haciendo que el gallo cantara antes de tiempo. Engañado, el diablo se retiró furioso, llevándose consigo una parte de la iglesia como recuerdo de su fracaso. Hoy en día, se dice que en la fachada de la iglesia se puede apreciar una pequeña deformación, como prueba del pacto de Cantuña.
El Padre Almeida:
El padre Almeida, un monje franciscano que había perdido el rumbo, encontraba en el vino un escape a sus obligaciones religiosas. Cada noche, trepaba por una estatua de Jesús para salir del monasterio. Una noche, la figura divina pareció llamarle la atención: “¿Hasta cuándo, padre Almeida?”. Su respuesta irreverente fue un reflejo de su vida desenfrenada. Sin embargo, un encuentro fortuito con su propio destino lo hizo cambiar radicalmente. Al ver su cuerpo sin vida en un ataúd, comprendió la gravedad de sus acciones y se arrepintió sinceramente. Desde ese día, el padre Almeida se dedicó a vivir una vida ejemplar, dejando atrás sus antiguos hábitos. Se dice que la estatua de Jesús, testigo de su transformación, ahora luce una enigmática sonrisa.
La doncella de Pumapungo
En las profundidades de Pumapungo, donde los emperadores incaicos descansaban, floreció un amor prohibido. Nina, una doncella consagrada al Sol, y un sacerdote se amaron en secreto. Su amor, tan puro como la luz de la luna, fue condenado a la oscuridad. Cuando el emperador descubrió su romance, selló el destino del joven sacerdote. Nina, desconsolada, murió de pena en el lugar donde había conocido la felicidad. Desde entonces, su espíritu vaga por los jardines de Pumapungo, buscando a su amado. Los lugareños aseguran que en las noches de luna llena, su lamento se mezcla con el viento, creando una melodía melancólica que conmueve a quienes la escuchan.
El Guagua Auca:
En tiempos antiguos, un niño se comportaba de manera desobediente y no quería dormir a la hora indicada. Sus padres, cansados de sus travesuras, lo dejaron en el patio como castigo. Durante la noche, el niño fue castigado por los espíritus, quienes lo llevaron consigo. Desde entonces, su espíritu vaga por las calles, especialmente en las noches de luna llena. Se dice que el Guagua Auca aterroriza a quienes beben en exceso y no respetan a sus mayores, apareciendo como una figura pequeña y oscura que los persigue hasta llevarlos a la locura.
La Princesa Triste de Santa Ana:
En la época incaica, una hermosa princesa se enamoró perdidamente de un joven guerrero de otra tribu. Desobedeciendo las órdenes de su padre, el Inca, la princesa huyó con su amado. Al ser descubiertos, el Inca los separó cruelmente. Desconsolada, la princesa se refugió en una colina, donde lloró amargamente hasta convertirse en piedra. Hoy en día, la colina donde se dice que se encuentra la princesa es conocida como el Cerro Santa Ana. Los lugareños aseguran que en las noches de luna llena se puede escuchar el lamento de la princesa, clamando por su amado.
El Demonio del Barranco:
En las costas ecuatorianas, se dice que habita un demonio marino de aspecto monstruoso. En noches de tormenta, emerge de las profundidades para arrastrar a los barcos hacia el fondo del mar. Los pescadores temen a esta criatura y evitan navegar en solitario, especialmente cuando el mar está agitado. Se dice que el demonio del barranco tiene un apetito insaciable por las almas humanas y que solo los más valientes pueden escapar de sus garras.
La Dama de Guayaquil:
Una bella mujer, vestida de blanco, vaga por las calles de Guayaquil en busca de su amado, quien murió trágicamente en un naufragio. Se dice que aquellos que la ven quedan hechizados por su belleza y desaparecen misteriosamente. La Dama de Guayaquil es considerada un espíritu atormentado, condenada a vagar por la eternidad hasta encontrar la paz.
La Chullachaqui:
En la espesa selva amazónica habita una criatura mítica conocida como la Chullachaqui. Se describe como un ser deforme, con un solo pie, un brazo más largo que el otro y una apariencia grotesca. La Chullachaqui se dedica a engañar a los viajeros que se adentran en la selva, haciéndoles perder el sentido de la orientación y llevándolos a lugares inhóspitos. Se dice que aquellos que se encuentran con la Chullachaqui nunca más vuelven a ser los mismos.
La Madre Selva:
Para los pueblos indígenas de la Amazonía, la selva es una entidad viva, una madre que cuida de sus hijos. La Madreselva es considerada una deidad poderosa, capaz de manifestarse de diversas formas. Se dice que aquellos que respetan la naturaleza y viven en armonía con ella, reciben la protección de la Madre Selva. Por el contrario, quienes la dañan o la explotan, son castigados con enfermedades y desgracias.
El origen de los Cañaris
En las alturas andinas del sur del Ecuador, donde hoy se extienden las provincias de Azuay y Cañar, habitaba un pueblo de origen divino: los cañaris. Según la leyenda, cuando la diosa Pachamama desató un diluvio universal, dos hermanos lograron salvarse refugiándose en la cima de una montaña. Desesperados por el hambre, descubrieron una cueva mágica donde dos hermosas mujeres, capaces de transformarse en guacamayas, les proporcionaban alimento. Enamorados de estas divinas criaturas, los hermanos engendraron una nueva raza: los cañaris, descendientes de los pájaros y de la tierra.
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